A los ojos que me ven


Nunca he negado tener una excelente relacion con mis padres, menos aún he negado hablar con ellos de la práctica totalidad de sucesos y emociones que marcan, enriquecen y definen mi vida.

Desde pequeño aprendí el valor de ser honesto en todo lo que sea posible, en la necesidad de evitar guardar secretos que puedan afectar mis relaciones personales, y aunque no me fue enseñado, tampoco me fue prohibido, el decir todo aquello que ronda mi mente.

A lo largo de mi corta vida he aprendido que decir todo aquello que ronda mí mente, en muchas ocasiones y de formas diversas, puede ser algo un poco duro e incluso cruel, aunque sí debo admitir que considero aún más cruel el no ser honesto.

He perdido amigos, he conservado a más de los que he perdido, me he hecho querer, desear e incluso odiar por mi necesidad, constante y a veces intransigente, de siempre decir aquello que necesito decir, aquello que no necesariamente a quien lo digo, necesita o quiere escuchar.

Con mi politica de honestidad total, he tambien aprendido a no resaltar el pasado y a buscar siempre la cara positiva de cada situación. Simplemente dejando el pasado y obviando a toda costa la frase que más daño me ha hecho: “te lo dije” o cualquiera de sus variables.

Aunque odio e incluso me duele el perder a alguien por ser honesto, o al menos intentarlo, me duele más el no poder serlo o el sentir y saber que no lo son para conmigo; cuando se presentan situaciones en las que me siento atado, siempre busco la confrontación, buscando una conversacion amena y honesta, en busca de descubrir un “porque” y un medio para que cambie.

Mi naturaleza me exige decir aquello que me molesta, no así siempre aquello que me hace vulnerable, aquello que me muestra en muchas ocasiones tal y cual soy. Para muestra un botón, este blog, de cuya existencia solo comparto con pocos, porque simplemente no he necesitado hacerlo con el resto de personas que me rodean, no porque no confie o no quiera, sino, más bien por el simple hecho de no haberse presentado el momento o la oportunidad.

En muchas ocasiones mi nivel de honestidad ronda la brutalidad, algo que quienes me rodean han aprendido a aceptar, creo al menos, porque saben que mi intención no es otra que hacerlos analizar y reconsiderar, que no lo diría en absoluto si no fueran importantes para mí, como personas, amigos o familia, en una forma no siempre clara de aprecio, honestidad, e incluso de cariño.

Al final de todo, quizas simplemente porque sí, siempre he hecho todo cuanto me es posible para ser honesto, en especial ser honesto conmigo mismo, con quienes aprecio y con aquellos que sé valoran mi intento algunas veces fallido de ser 100% honesto.

La razón es simple, tan simple como el que no me gusta jugar con nadie y pretendo que nadie lo haga conmigo. Y aunque sé de lo segundo, sé que no seré yo quién haga algo para regresar esa acción, porque consideró que la vida se encarga de hacernos comprender aquello que las palabras no son capaces.

A los ojos que me ven, no hay más que lo que ya se ve, y si lo hubiera con el tiempo dejare que sea visto por aquellos que me han dejado verlos como iguales, seres humanos perfectamente imperfectos.

~ por Diego Guate en enero 20, 2014.

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