Un poco al azar


Desde hace siglos al vivir en civilizaciones, nos hemos considerados “civilizados”, convirtiendo nuestro mundo cada día en el reflejo de nuestros pensamientos y aumentando cada vez más el nivel de intolerancia y exigencia.

Durante todos estos lapsos de tiempo, hemos cambiado significativamente la forma de vivir, y sobre todo la forma de pensar e interactuar, hemos llegado a vivir sin vivir, sin percatarnos de lo realmente importante.

Hemos olvidado en un mundo de luces y colores hechos por nosotros, que la vida no es algo que podemos desperdiciar frente a una pantalla de televisión o frente a una computadora, la vida es algo que se nos va sin percatarnos, y que se puede extender mientras más compartimos e interactuamos frente a frente.

Muchas veces llamamos familia a quién jamás hemos conocido, y llamamos amigo a alguien que es igual de familia sin lazos de sangre que perpetúen esta relación; damos por sentado que todo seguirá aquí mañana y que no lo destruiremos antes del final de nuestras vidas.

En esta llamada civilización, nos hemos convertido en esclavos de lo que deseamos, y hemos dejado muchas veces a un lado lo que compone y representa ser humano, desde la capacidad de reír, llorar, sonreír o no hacerlo, hasta la empatía y el sentido común.

Nos hemos convertido en animales en selvas de concreto, en los que no importa más que lo material que poseo y lo que deseo, olvidando cuán importante resulta para otros la persona que tenemos al lado, de la que jamás sabremos su nombre, de sobre la que sin embargo, podemos influir de formas diversas con sólo intercambiar unas palabras.

Nos hemos convertido en seres fríos e intolerantes, que vemos sólo aquello que nos afecta y no aquello que podría afectarnos, y que en algún momento de nuestras cortas vidas lo hará. Haciendo el poder olvidar una actividad rutinaria que nos aleja cada vez más de lo realmente importante.

Por ello comparto el deseo de tratar a quienes me rodean, como deseo ser tratado, y aunque algunas personas consigan hacer nacer de mí exactamente lo opuesto, tanto como la imposibilidad de controlarlo, no significa que es lo que deseo para este mundo.

He descubierto que una sonrisa es contagiosa, y que la risa tiene como pocas cosas una capacidad de contagio impresionante, por lo que reír y sonreír son dos de las armas más poderosas de las que el ser humano puede contar en su arsenal, y que poco a poco nos devuelven la humanidad.

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~ por Diego Guate en enero 12, 2011.

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